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El almohadón de plumas y otros relatos
El almohadón de plumas y otros relatos  
Autor: Horacio Quiroga
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Nº Cds: 1 cd

HORACIO QUIROGA
(1878 – 1937)


Horacio Silvestre Quiroga Forteza nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878.
Quiroga fue, quizás, el más importante creador latinoamericano de relatos breves. Su vida estuvo marcada por la tragedia: con tres meses de edad, vio morir a su padre de un disparo accidental de escopeta.
Su madre se volvió a casar y Horacio llegó a querer profundamente a su padrastro. Cuando tenía 15 años, su padrastro, que había sufrido un derrame cerebral, se suicida con una pistola de un tiro en la frente.
A los 22 años escribió sus primeros poemas. Por esa época leía con fruición las poesías de Poe y de Lugones, del que llegaría a ser un gran amigo.
En 1901, mientras inspeccionaba una pistola, Quiroga mató accidentalmente a su amigo Federico Ferrando.
La pena y la culpa llevaron a Quiroga a abandonar Uruguay e irse a vivir a Argentina a la casa de una hermana.
Fue profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires. En 1903, Quiroga acompañó a Leopoldo Lugones a Misiones, para investigar unas ruinas de las misiones jesuíticas. La impresión que le causó la
jungla marcaría su vida para siempre: 6 meses después invirtió todo su dinero en comprar unos campos algodoneros en el Chaco. La experiencia fue un desastre económico, pero su narrativa se benefició con el profundo
conocimiento de la cultura rural, en un cambio estilístico que mantendría ya para siempre.
Quiroga escribió multitud de cuentos, muchos de ellos de terror rural. Se convirtió en un escritor famoso y prestigioso con miles de lectores, que publicaba en las revistas y diarios más importantes de Argentina.
En 1906 Quiroga volvió a la selva. Se casó con una alumna, Ana María,
con la que tuvo 2 hijos a los que adiestró para desenvolverse en la jungla. Pero su esposa no logró adaptarse a esa forma de vida y le pedía insistentemente que regresaran a Buenos Aires o que le permitiera irse ella sola con los niños. Ante la rotunda negativa de Quiroga, ella se suicidó con veneno, tras ocho días de agonía.
En 1927, se casó con María Elena Bravo. La nueva esposa también era infeliz en el campo. Eso fue causa de permanentes discusiones y peleas conyugales. Finalmente, su esposa e hija le abandonaron y volvieron a Buenos Aires
En 1937, una enfermedad hizo que Horacio viajara a Buenos Aires, donde fue hospitalizado.
El 18 de febrero le diagnosticaron un cáncer de próstata, intratable e inoperable. Esa tarde, Quiroga salió del hospital y dio un largo paseo por la ciudad. Regresó a las 23 h, y pesa madrugada -19 de febrero de 1937- se suicidó tomando un vaso de cianuro. Tenía 58 años.

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS - EL DESIERTO - LOS BUQUES SUICIDANTES



EL ALMOHADÓN DE PLUMAS: Una pareja recién casada se traslada a una casa en la que la mujer comienza a encontrarse mal, y posteriormente presentando un raro caso de anemia, que al parecer la consume día a día. Tras varios intentos de ayudarla los médicos desisten, y el día de su muerte una criada encuentra en el almohadón que utilizaba la mujer, ella y Jordán, lo abren y se encuentran con un parásito de ave de gran tamaño.

EL DESIERTO: El cuento narra la historia de un hombre viudo que vive en la selva con sus dos hijos. Desde que enviudó se quedó él solo al cuidado de los dos hijos, por lo que tenía que compaginar su trabajo diario en la selva con el trabajo de la casa y la educación y atención de sus dos hijos.
Él, como hombre de la selva, iba educando a sus hijos a su manera y ellos habían aprendido a desenvolverse en la selva sin tenerla miedo. Hasta que un día le pica una especie de pulga minúscula que anida bajo la piel y en una pequeña bolsita depositan sus huevos. Al principio no le da importancia, pero poco a poco va empeorando…

LOS BUQUES SUICIDANTES: Hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro. Estos buques abandonados, navegan a favor de las corrientes o del viento; si tienen las velas desplegadas, recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo. No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.
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